No amar al mundo

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Poco antes de ser entregado para ser crucificado, el Señor Jesucristo oró a favor de los suyos.

Parte de su oración se encuentra en Juan 17:14-16 donde dice: “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.”

¡Qué interesante! Los creyentes estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Somos extranjeros y peregrinos en el mundo.

Extranjeros porque nuestra ciudadanía no es del mundo, nuestra ciudadanía es celestial.

Peregrinos porque estamos sólo de paso en el mundo.

Algún día, quizá más pronto de lo que imaginamos, estaremos por siempre en el lugar donde realmente pertenecemos, el cielo. Como dice el hermoso himno: El mundo no es mi hogar, soy peregrino aquí. En la ciudad de luz, tendré tesoros sí. Eterno resplandor por siempre gozaré. Y la vida mundana jamás desearé.

Como extranjeros y peregrinos en el mundo, es inevitable que el mundo nos aborrezca. Esto es más factible cuando estamos realmente viviendo para el Señor y por el Señor. El mundo realmente odia a los que no se amoldan a sus principios. Si un creyente no está sufriendo aflicción en el mundo, es posible que ese creyente se haya amoldado tanto al mundo que no se ve una diferencia entre el mundo y él.

Pero si un creyente no ama al mundo, la aflicción en el mundo es inevitable.

Otra característica de la vida auténticamente cristiana es no amar el mundo.

No olvide amiga, amigo, que cuando hablamos del mundo nos estamos refiriendo a ese invisible sistema espiritual maligno dominado por Satanás y sus demonios, con todo lo que ofrece en oposición a la persona de Dios, la palabra de Dios y el pueblo de Dios.

La Biblia en primer lugar nos advierte en cuanto a no amar el mundo. Observe lo que leemos en 1ª Juan 2:15-17 “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.”

Hay un amor que Dios odia. Es el amor de un creyente al mundo. Recuerde que amar es la acción de sacrificio a favor del objeto amado. Cuando un creyente ama al mundo, se está sacrificando por el mundo. Amar al mundo significa entregarse con el alma a conseguir lo que el mundo ofrece.

¿Qué es lo que el mundo ofrece? Básicamente satisfacción a varios deseos. El mundo ofrece satisfacer los deseos de la carne. El mundo está lleno de cosas que apelan los apetitos de la carne, o los bajos instintos. El mundo también ofrece satisfacer los deseos de los ojos. El mundo es una gran vitrina llena de cosas llamativas a los ojos. Satanás usa los ojos como vía de entrada a todo lo que él quiere vender.

Hace poco tiempo atrás estaba aconsejando a una joven creyente que estaba perdidamente enamorada de un joven incrédulo. Luego de mostrarle que eso estaba en contra de lo que la Biblia enseña, le dije algo como: ¿Por qué mejor no te enamoras de un joven creyente? Me miró con cara de sorpresa y añadió: Es que todos los jóvenes creyentes son feos.

Esto me abrió la puerta para explicar a esta joven que Satanás es muy astuto haciendo lucir hermoso algo que por adentro está podrido. Es la táctica de Satanás.

Dije a esta chica: Nunca olvides que Satanás saca brillo a los jóvenes incrédulos para hacerles lucir atractivos ante las jóvenes creyentes. El mundo tiene mucho para satisfacer la vista del creyente. El mundo también ofrece satisfacer la vanagloria de la vida, o la ostentación y jactancia de los bienes de este mundo.

Si el vecino tiene una casa así, yo voy a tener una mejor. Si mi compañero de trabajo tiene un auto así, el mío tiene que ser mejor. Si el hermano en la iglesia se viste así, yo voy a vestirme mejor.

Tenemos una verdadera pasión por ser el objeto de admiración de los demás. Es la vanagloria de la vida. El mundo tiene todo para que cualquiera que lo quiera pueda ser admirado por algo, no importa si es bueno o malo. Esto es lo que el mundo ofrece. La Biblia dice a los creyentes: No se sacrifiquen por esto. No se entreguen a esto. Qué triste es ver que muchos llamados creyentes están tan entregados al mundo, que de Dios se acuerdan solo en los funerales de alguien, o en semana santa o en navidad, o más aún, cuando están con el agua al cuello por alguna circunstancia difícil.

Así que, la Biblia nos advierte en cuanto a no amar al mundo. Pero además de eso, la Biblia nos alerta en cuanto a los peligros de amar al mundo. Estos peligros son muchos. Yo me limitaré a señalar los más notorios.

Uno de esos peligros es que por amar al mundo nos volvemos enemigos de Dios. No es posible ser amigo del mundo y a la vez ser amigo de Dios. Lo uno o lo otro. Note lo que dice Santiago 4:4 “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.”

Estas son palabras fuertes. La Biblia enseña que nosotros los creyentes hemos sido desposados con Cristo. Se espera por tanto total y absoluta fidelidad a Cristo. Pero si nuestros más caros anhelos están puestos en el mundo, estamos siendo infieles a nuestros votos matrimoniales con Cristo.

Por eso es que Santiago califica como almas adúlteras a los que manifiestan abierta amistad con el mundo. ¿Quiere Usted ser catalogado como alma adúltera? Me imagino que no. Entonces tenga cuidado con el amor al mundo.

Otro peligro de amar al mundo es que provee de una falsa seguridad. El mundo dice: Si logras ser alguien en la vida, si te haces de un buen nombre, si consigues fama, si adquieres dinero, si posees bienes, si tienes poder, entonces tienes todo. Podrás vivir seguro para siempre. Pero cuidado, eso es justamente lo que hizo Salomón en alguna época de la vida. ¿Quiere saber cuál fue su evaluación de este esfuerzo?

Se encuentra en Eclesiastés 2:11 donde dice: “Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.”

Triste, ¿no le parece? ¿De qué sirve tanto sacrificio para lograr fama, riqueza, poder? ¿Nos pueden librar estas cosas de la muerte? ¿Todas estas cosas pueden evitar que sobre nosotros caiga la justicia de Dios por el pecado? ¿Pueden estas cosas garantizar la felicidad en la vida después de la muerte? Muchas veces ni siquiera pueden garantizar felicidad verdadera en la vida en este mismo mundo.

¿Cuántas personas famosas y ricas conoce, quienes en el fondo viven solitarias, temerosas y amargadas? No es extraño que personas así terminen quitándose la vida. El mundo ofrece una falsa seguridad.

Otro peligro de amar al mundo es que es muy difícil dejar de amarlo cuando se ha comenzado a amarlo. Esa fue la experiencia de Esaú. Hebreos 12:15-17 dice: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.”

Esaú es el prototipo del mundano. No le importó vender su primogenitura por un plato de lentejas. Su vida transcurrió en satisfacer los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Un hombre entregado totalmente al mundo. Quizá cuando ya era viejo trató de dar marcha atrás, pero no pudo hacerlo. Dice el texto que deseando heredar la bendición fue desechado y no hubo oportunidad para el arrepentimiento.

El mundo es como un pulpo con fuertes tentáculos. Cuando atrapa a un creyente será muy difícil que lo suelte. No estoy insinuando que ese creyente dejará de ser salvo. Seguirá siendo, por la gracia y misericordia de Dios, pero su vida será un desastre como creyente. Mejor es no transitar por la senda de amar al mundo.

Otro peligro de amar al mundo es que inutiliza al creyente para servir a Dios. Eso fue lo que dijo Jesús en Mateo 6:24 donde dice: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”

Cuando un creyente está entregado al mundo, es imposible que sirva de corazón al Señor. Si lo hace será un servicio hipócrita, algo que no agrada al Señor. De modo que, amiga, amigo oyente, otra característica de la vida auténticamente cristiana es no amar al mundo. Si Usted es creyente, tenga mucho cuidado con su relación con el mundo. La Biblia es muy clara cuando dice: “no améis al mundo”.

David Logacho

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